Mayor supervisión requiere el boxeo amateur istmeño

Por Nicolás Espinosa Serrano
(hablemosdeportes2.0@gmail.com)


Atheyna Bylon, ex campeón mundial, es la máxima exponente del boxeo amateur. 

Hace poco vi a un veterano púgil reverdecer laureles. Era el filipino Nonito Donaire, quien conquistó su octavo título mundial al vencer por antes del límite al campeón gallo del Consejo. 

A sus 38 años, Nonito pareció, sin embargo, rejuvenecido a través de su boxeo, no así de su rostro y menos de las canas que sobresalían en su incipiente cabello. 

Pero estas circunstancias poco importaron a la hora de los mameyes. Dejó bailar a su antojo a su más pequeño contrincante, midiéndolo y midiendo sus propias energías ante un rival muchísimo más joven. 

En el segundo round hizo un llamado de sus nocivas intenciones y, en el tercero, fue casi fatídico para el francés Nordine Oubaali, a quien el réferi de turno le permitió sobrevivir hasta el cuarto. 

El gran ganador fue sin lugar a dudas Donaire, a quien las apuestas hasta el último minuto del pleito estaban en contra. 

Y es aquí donde deseo detenerme, un momento. Hace ya mucho tiempo que el boxeo istmeño no tiene púgiles de este calibre, aquellos a quienes veíamos no solo con la posibilidad de disputar un campeonato del mundo sino de ganarlo. 

El último pugilista que vimos con estas dimensiones a esa avanzada edad fue a Roberto Durán, aunque hay que admitir que en épocas anteriores estos boxeadores longevos y de calidad, abundaban en el patio. 

Hoy, todo es diferente. 

La actividad boxística local está enclenque y, si bien hay varios factores que entran en juego para ello, la muestra más fehaciente es la función boxística anunciada para este jueves, donde los que intervienen en las peleas principales, salvo los oficiales, son extranjeros. 

Es cierto, la gran mayoría de estos gladiadores tienen su residencia en Panamá y es obvio, que quienes los manejan busquen de alguna manera resarcir el tiempo perdido por la odiosa pandemia. 

Ninguno de los actores de esta cartilla es responsable de lo que acontece, pero no deja de ser una muestra irrefutable que el pugilismo local no pasa por sus mejores días. 

A partir de la apertura de este tipo de actividades en febrero pasado, se han realizado cuatro funciones en el que participaron algunos prospectos y nuevas figuras, salvo la última donde actuaron dos ex campeones mundiales. 

A propósitos de longevos, uno de los ex monarcas fue Anselmo ‘Chemito’ Moreno, quien busca volver a la mirada de los grandes eventos y disputar nuevamente un título del mundo. 

Realmente no me gustó el pleito, mucho menos la cartelera de esa noche, pero debemos entender que Moreno buscaba medir sus propias capacidades no la de su contrario, para estar claro si sería rentable seguir en la brega. 

No obstante, esa es otra historia. 

Decía que el boxeo profesional istmeño no pasa por su mejor momento, aunque siento que esta situación no es producto del Coronavirus sino de su propia pandemia, esa que se viene registrando desde hace algunos años y que las autoridades solo han visto de reojo. 

La situación crítica comienza desde el campo aficionado, donde desde hace algún tiempo no se realizan los campeonatos Guantes de Oro, sino que en los dos últimos años solo se ha realizado el juvenil, dejando a un lado el obligatorio y necesario seguimiento a este deporte. 

Las necesidades de los principales actores son grandes, eso lo entiendo; pero de nada sirve que al pugilismo rentado escalen jóvenes hambrientos de gloria y dinero, si no llegan con los elementos técnicos necesarios y adecuados para rendir una faena decorosa. 

Hace poco pude ver –vía digital- una función amateur realizada en Santa Fe del Darién y fue una muestra que por mucho entusiasmo y buena fe que haya, las cosas no se darán si no hay un trabajo organizado de los entes superiores.  

Es allí donde se reclama la mano del Instituto Panameño de Deportes, ocupado en los últimos años en resolver los asuntos del deporte de alto rendimiento, como si esta fuera su única responsabilidad y aportando dinero del erario público a mansalva para participaciones internacionales, muchas sin una real justificación. 

No existe supervisión, rendición de cuentas o petición de planes de trabajo a mediano y largo plazo, con respecto a todo lo que implica el desarrollo del deporte, sino superfluas conversaciones que se registran en oficinas refrigeradas cuando, precisamente las organizaciones deportivas van a pedir dinero para sus viajes. 

De esta forma y tal como ha venido aconteciendo, solo obtendremos pírricas victorias, contadas satisfacciones y mucho desencanto por parte de los propios atletas que, con virus o sin él, han estado entrenando en busca de mejorar, pero con muy poco apoyo para hacerlo desde sus barrios de origen. 

Es cierto que cada organización deportiva es autónoma para desarrollarse y auscultarse, pero también lo es que tiene un ente superior que debe estar con una lupa para vigilar sus pasos, principalmente si para trabajar necesita apoyo económico de esa institución. 

Es hora de que Pandeportes despierte, si es que realmente está preocupada por el desarrollo del deporte nacional y no solamente hacer ver que se está trabajando.

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