La pelea entre Laguna y Ortiz fue un hervidero de pasiones

Por Nicolás Espinosa Serrano
(hablemosdeportes2.0@gmail.com)

  

El colonense Ismael Laguna tuvo una rica historia en el boxeo istmeño.

Las ciudades de Panamá y Colón eran un hervidero de entusiasmo. No había otro tema en los mercados públicos, en los populares cafés y, claro está, en los gimnasios; todos hablaban de la pelea entre el pupilo local, Ismael Laguna, el ‘Tigre’ de Colón, y el peligroso campeón boricua, Carlos Ortiz.

La pelea se realizó el 10 de abril de 1965, por lo que dentro de unos días se cumplirán 56 años de este pleito por el título mundial ligero.

Ortiz era un monarca peligroso, de clase A, dirían algunos. De los campeones que pudo enfrentar cualquier retador istmeño en esos momentos, era uno de los más difíciles.

Pero, no había nada que hacer. El brasileño Eder Jofre había desistido de darle a Laguna la oportunidad en la división gallo, después de oír los consejos de su apoderado y esto, a pesar que hubo hasta conferencia de prensa y ambos se habían tomado la foto para la posible promoción.

¡Uy! Un tanto igual aconteció pocos años después, cuando le hablaron al cubano-mexicano Ultiminio ‘Sugar’ Ramos sobre un posible pleito, cuando éste se encaramó en lo más alto de la división pluma.

Ramos ya había hecho personalmente una labor de inteligencia. Lo había ‘pillado’ en el gimnasio, mientras jugaba con una pelotita de tenis. “Qué va, con ese morocho ni de a vaina”, pensó el extraordinario púgil caribeño.

Así es que cuando llegó la oportunidad frente a Ortiz, no hubo nada que analizar o pensar. Ese era el pleito. Además, la fama de gran púgil estaba bien ganada por el boricua, pero también lo estaba sobre su ‘amor’ por los tragos, la buena vida y el poco apego a los gimnasios.

Esa fueron las verdaderas razones por las que el choque tuvo que cancelarse en una primera ocasión. Todo estaba listo para enfrentarlos en febrero de 1965, en el mismo Estadio Olímpico, pero el ex monarca pesado Jersey Joe Walcott, quien actuaría como el tercer hombre del ring, visitó la capital istmeña antes del pleito y vio a Laguna entrenar.

¡Qué va!, pensó el otrora monarca de todos los pesos. “Este chilpayate coge al Charlie y lo destroza con su velocidad”, volvió a pensar. Nunca exteriorizó estos pensamientos hasta que llegó a Nueva York y se reunió con el mánager de Ortiz, el actor Bill Daly, y lo puso en conocimiento de la situación. 

“Inventa lo que sea, llévatelo a la luna si quieres, pero no permitas que en las condiciones en que se encuentra tu pupilo enfrente al panameño, porque temo no por el título sino por su propia vida”, palabras más, palabras menos, fue lo que le comentó Walcott a su amigo.

Fue así como se inventó un dolor de estómago por una ‘leche condensada’ que se había tomado por equivocación, para que la pelea no se realizara el día señalado de ese mes de febrero.

“No problem”, le dijeron en Panamá a Al Braverman, asistente de Daly, cuando habló con los empresarios panameños sobre posponer la pelea por unas semanas.

“Tómate unas semanas y vuelve. Nuestro gallo aquí estará y el coliseo no se moverá del barrio de Curundú, solo asegúrate de traer contigo en abril a Juanchín”, le dijeron al estadounidense.

Algunos se preguntarán y ¿por qué Juanchín? Era el segundo nombre de Ortiz, Carlos Juan, y como quiera que todo el mundo en Panamá sabía que lo del problema estomacal era cuento, se tomaron algunas licencias y el respeto al campeón se perdió totalmente.

Un detalle. La posposición fue una decisión de Daly y Braverman, siguiendo los consejos dados por Walcott, porque Ortiz estaba dispuesto a enfrentar el pleito en la fecha y hora convenida; era un guerrero.

Otra cosa. La amistad que existía entre Walcott y los apoderados de Ortiz, les permitió escuchar la recomendación de un hombre experimentado, pero eso no fue ningún obstáculo para que el ex monarca llegado el momento, votara a favor de Laguna al terminar el encuentro.

“Una vaina es una vaina, y otra vaina es otra vaina”, pensaría el gigantón en su momento.

Así llegó el día de la pelea. Los medios impresos daban cuenta del ambiente festivo que reinaba en las ciudades de Panamá y Colón. Vaticinaban un lleno completo en el vetusto coliseo construido para los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1938, las Olimpiadas Centroamericanas.

La compañía del ferrocarril ya había dispuesto vagones extras para traer a los entusiastas fanáticos colonenses a la capital, y había previsto varios viajes desde muy temprano entre las ciudades terminales, para evitar aglomeración y embotellamientos.

En esa época no había pandemia ni coronavirus que se le parezca, pero ya estaban acostumbrados a ese apretujamiento cada vez que había una cartilla estelar. 

No importaba si fuera en el Gimnasio Nacional o en la Arena de Colón, siempre acontecía lo mismo, aunque esa fecha era muy especial. El más grande ídolo del boxeo panameño iba por un título mundial, con una gran opción y ante su público. No se podía pedir más.

Con el pleito frente a Carlos Ortiz se ponía fin a tantos años de espera no solo por ver a una de las estrellas locales buscando un título, sino de que se efectuara una pelea de ese tipo en el país.

Desde las andanzas de un tal José ‘Chato’ Lombardo, considerado el primer ídolo que tuvo el boxeo istmeño, a mediados de los años 20, se hablaba de presentar en Panamá un choque con un cinturón mundial en juego, pero siempre se daba una situación que lo impedía.

Así que el fanático panameño tenía hambre de un título y de una pelea de esa envergadura y fue por ello que la noche del pleito, el gentío por ese sector de la Avenida Frangipani era fenomenal.

Ismael Laguna marcó un antes y un después en el boxeo istmeño. Representaba la esperanza de un pueblo por coronarse campeón mundial.

No, no lo escribí mal, porque desde el humilde parroquiano hasta el más pinta’o de los yeyes, apasionados por esta actividad, cada uno en su mundo, por supuesto, se veían retratados en Ismael Laguna.

El ‘Tigre de Colón’, la máxima figura del boxeo istmeño estaba a punto de hacer historia y nadie, absolutamente nadie, deseaba perderse ese acontecimiento.

Los que pagaron un poco más, estaban sentados en las sillas de terrenos; los que lo hicieron un poco menos en las butacas, y los que desembolsaron muchísimo menos, en las gradas; mientras que casi todo el pueblo capitalino, tampoco se lo perdió, ya que se colgó entre las paredes del coliseo cerrado.

¡Qué ironía! El otrora máximo ídolo del boxeo istmeño y a quien se le brindara las más estruendosas ovaciones, cada vez que se presentaba en una función boxística, no tiene hoy un lugar decente y majestuoso donde evocar sus grandes pleitos.

Pero, ese es un cuento para otro día.

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